La revisión del Instituto Nacional de Estadística (INE) que sitúa el crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB) real de España en un 2,6% para 2025, dos décimas por debajo del 2,8% proyectado previamente, refleja una moderación que no implica un colapso coyuntural, sino un reajuste estadístico y estructural. En términos estadísticos, esta revisión responde en parte a un «efecto base»: el INE elevó el crecimiento de 2024 del 3,5% al 3,7%, elevando el listón sobre el cual se midió la expansión de 2025. Pese al ajuste en volumen real, el PIB nominal alcanzó un récord histórico de 1,69 billones de euros (+5,7% interanual), lo que evidencia la distancia entre la dimensión monetaria y el avance real deflactado.
Desde la perspectiva macroeconómica, la desaceleración del PIB real se explica por una menor aportación de la demanda interna (3,4 puntos porcentuales frente a los 3,5 iniciales) y un sesgo más negativo de la demanda externa neta, que restó 0,8 puntos. Las exportaciones de bienes y servicios perdieron tracción al crecer un 2,6% (frente al 3,6% preliminar), condicionadas por la atonía de la eurozona y el impacto de los aranceles de Estados Unidos. Como contrapeso, la formación bruta de capital (inversión) repuntó al 6,0%, impulsada por la ejecución de los fondos europeos de recuperación.
A nivel microeconómico, el pilar del freno radicó en el menor empuje del consumo de los hogares, revisado a la baja al 3,1%. Esto refleja el estrechamiento del margen financiero de las familias, erosionado por el impacto acumulado de la inflación y el encarecimiento del acceso a la vivienda. Esta presión redujo la capacidad de amortiguación familiar, provocando una caída de la tasa de ahorro de los hogares al 12,0%. A su vez, la productividad aparente por hora avanzó un modesto 0,6%, confirmando la inercia de un modelo intensivo en empleo pero con limitadas ganancias de eficiencia estructural.





